Ni sacerdotes ni Misas ni sermones

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……….  La religión griega no ha requerido nunca un cuerpo de sacerdotes que formara una casta en la ciudad. En la familia, el padre era el oficiante natural del culto ante el altar o a los antepasados. El Estado no se metía en las conciencias de los ciudadanos. Y esto hace más de 2.500 años … 

……….  En la ciudad, los cuidados del culto correspondían a los simples ciudadanos, asistidos de personas competentes, únicamente para las oraciones y los gestos del culto. El nombre de sacerdote iereus, significa el que degüella (a las víctimas del sacrificio). Del oficiante se esperaba sólo la ejecución de los ritos, no que conociera una doctrina que debiera a continuación enseñar.

……….  En la mayoría de las ciudades, los cargos públicos implicaban las funciones religiosas, realizadas por Magistrados en ejercicio. Éstos eran pues sacerdotes el tiempo de su cargo, generalmente, anual. Al cual habían accedido por elección, o por sorteo.

……….   Todo acto religioso suponía que quien se acercaba al altar tenía las manos limpias de toda ignominia. Por ello, el sacerdote hacía verter sobre sus manos el agua lustral con anterioridad a cada ceremonia. Entonces presentaba las ofrendas a los dioses y las acompañaba de oraciones. Las ofrendas podían ser frutos, miel, leche o vino.

Ni sacerdotes ni Misas ni sermones

……….  Pero los más importantes consistían en sacrificio de animales. Convenientemente degollados y despiezados, las víctimas eran quemadas en parte en el fuego del altar. Era la parte dedicada a los dioses, que comprendía los huesos y la grasa del animal. El resto se compartía entre los asistentes, que comían la carne de los animales sacrificados, uniéndose al homenaje dirigido a los dioses.

……….  Los grandes sacrificios de animales, las hecatombes por ejemplo (la palabra significa sacrificio de 100 animales, generalmente bueyes), tenían lugar con ocasión de las grandes fiestas comunitarias, en las que todos los ciudadanos debían participar del festín sagrado.

……….  Las ceremonias familiares eran mucho más modestas. El padre se contentaba con quemar algunas porciones de comida sobre el altar doméstico y de derramar en el suelo algunas gotas de vino, pronunciando las oraciones a los dioses y a los antepasados. Mediante gestos tan sencillos, los miembros de la familia manifestaban a los dioses su respeto. Garantizaban a las almas de los antepasados lo que su vida en el Más Allá exigía. Y afirmaban la solidaridad del grupo familiar.»


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